Lengua castellana y literatura 1 (Parte 2 de 2)
UNIDAD 8
EL DISCURSO LITERARIO
Puedes leer una edición digital de EL Lazarillo de Tormes en http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=21. O también en http://www.lazarillodetormes.com/
Busca información sobre esta obra y explica cuáles son sus principales características y por qué es una de las obras más importantes de la literatura española.
UNIDAD 9
EL DISCURSO LITERARIO
Vamos a manejar una edición digital de Don Quijote de la Mancha:
- Accede a la página http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=1270
- Pincha en el título de la obra.
- Pincha en el capítulo X de la primera parte y léelo. Aquí tienes algunas expresiones que pueden resultarte desconocidas:
- Falda de la loriga: las mallas que penden de la cota de malla.
- Sudar el hopo: sudar hasta el pelo, pasar apuros.
- Omecillo: odio. Sancho no ha entendido la palabra de su amo.
- Caté: le guardé.
- Bálsamo de Fierabrás: bálsamo maravilloso que cura todos los males.
- Tres azumbres: unos seis litros.
- Prazga: plazca.
- En flores: con cosas de poca sustancia.
- Escribe un resumen del citado capítulo.
Accede al portal http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/Cervantes/
- Repasa la cronología del autor y contesta a lo siguiente:
- ¿Bajo el reinado de qué monarca nace Cervantes?
- ¿Qué edad tiene Cervantes cuando se publica El Lazarillo de Tormes?
- ¿Cuál pudo ser la causa del traslado a Roma del autor en 1569?
- ¿Cuántas veces intentó fugarse Cervantes durante su cautiverio en Argel?
- ¿Se conocían Cervantes y Lope de Vega? Aporta algún dato que lo corrobore.
- ¿Con la muerte de qué otro gran autor coincide el fallecimiento de Cervantes?
- Repasa la cronología del autor y contesta a lo siguiente:
Accede a http://cvc.cervantes.es/obref/quijote/indice.htm y escoge uno de los asuntos estudiados en el prólogo para que, después de leerlo y sintetizarlo, puedas exponerlo a tus compañeros. Para tu exposición puedes usar las nuevas tecnologías.
VARIEDAD DE LOS DISCURSOS
Lee el siguiente texto:
Conozco a mucha gente sin una vocación específica a quienes les va de maravilla. Tener una vocación no es sinónimo de futuro profesional, ni siquiera de éxito. Es una falacia pensar que a los 17 años todo el mundo debe saber en qué va a emplear su vida, y pensar además que esto les resolverá una gran parte de la papeleta. No es así en absoluto. Con frecuencia tener una vocación obliga a emprender un camino no siempre fácil, un único camino que nos traerá satisfacciones o frustraciones, pero al que ya no podemos renunciar.
Una vocación, más que un alivio es una carga. Es mucho más importante una buena formación que una vocación, y ése es el primer paso para orientar el futuro profesional, saber para qué estamos más preparados, cuál es nuestro fuerte, dónde nos sentimos confiados. Lo que a veces se presenta con apariencia de vocación, de llamada inapelable del espíritu, no es más que propaganda y publicidad. En el último decenio las facultades de periodismo se han visto desbordadas por las solicitudes.
Todo el mundo quería ser director de cine, y eso obligó a exigir una puntuación nada acorde con las exigencias del programa de estudios de esta carrera. Se pone de moda una licenciatura porque se nos ofrece una publicidad engañosa que equipara “imagen” a éxito. Y curiosamente, mucha gente llega a carreras que necesitan más esfuerzo intelectual con puntuaciones mucho más bajas, para desplomarse luego por el camino.
La mejor manera de no equivocarse es ser realistas, y llegar a la Universidad con una formación sólida y un bachillerato bien digerido. Tampoco es ninguna tontería pensar en las salidas profesionales que los diversos estudios universitarios ofrecen. Pienso ahora en esas excursiones que los niños de primaria realizan a diferentes centros de trabajo y se me ocurre que no estaría nada mal hacer esas excursiones en el bachillerato, cuando uno está más cerca de tomar una decisión: entrar a una clínica de obstetricia y ver un parto, a un laboratorio de farmacia en plena ebullición, a un despacho de notarías en medio de un drama familiar, a un pleno de un ayuntamiento complicado, a una planta industrial, a una cooperativa agrícola o ganadera o a un estudio de arquitectura que empieza a despegar.
En esto, finalmente, consiste la vocación, en verse realizando una tarea, y saberse capaz de afrontar los problemas, el tedio, las frustraciones y también los éxitos que toda dedicación profesional conlleva. La vocación no es lo que una carrera nos puede ofrecer; es justo al revés: lo que tenemos nosotros para dar.
Luisa Castro, Vocación El Mundo, 17 de mayo de 2006
2. Contesta las siguientes preguntas:
¿Se trata de un texto argumentativo oral o escrito? ¿Es de prensa o es un fragmento de un libro? ¿Es un artículo o un editorial?
¿De qué pretende convencernos la autora?
Justifica convenientemente que estamos ante un texto argumentativo.
Realiza un breve texto (de 10 a 20 líneas) en el que muestres lo que es para ti la vocación, cuál crees que es la tuya y por qué.
Lee el siguiente texto:
La conclusión del Diccionario panhispánico de dudas, elaborado en colaboración por las 22 academias del español con el afán de preservar la unidad del idioma, resolver las dudas de su uso, aconsejar los caminos correctos y evitar incorrecciones, puede considerarse sin el menor reparo como un verdadero hito en el avance de la lengua. (…) Con ello se pone de manifiesto la decidida voluntad de aplicar un nuevo talante a favor de la unidad del que ya es segundo idioma de comunicación internacional, con 400 millones de personas que lo tienen como lengua materna o lo hablan en su vida diaria, mantenerlo vivo e incorporar las novedades de manera global, desde la general convicción de mantener y respetar la diversidad lingüística.
Cinco años de intenso trabajo han desembocado en una nueva y muy valiosa herramienta que, con sus 7.000 entradas, pretende resolver las dudas más frecuentes que plantea su uso, desde las de pronunciación, puntuación y acentuación a las morfológicas, sintácticas y las impropiedades léxicas, sin renunciar a la orientación sobre el uso de neologismos y extranjerismos. Al trabajo bien hecho hay que añadir el reconocimiento unánime de que la lengua es una gran suma de sistemas, que la unidad se refuerza en la diversidad y que no es propiedad de nadie, porque lo es de todos los que quieran utilizarla. No sirve ya la metáfora del tronco común con ramas, propia de un concepto trasnochado. Tampoco la idea de la contraposición, en la que se presenta al español como una lengua que hace retroceder a otras lenguas minoritarias de América y de España. Al contrario, el español debe potenciar la riqueza del conjunto, tanto de España como de la aplastante mayoría que constituyen los hispanohablantes en América, el continente donde más avanza la lengua común y donde más valor tiene el consenso entre las academias y el respeto a las diferencias de uso y al pluralismo.
Si los especialistas han concluido con rigor el Diccionario panhispánico de dudas, si el español se expande y afianza como idioma de referencia mundial, cabe exigir también a los Gobiernos directamente implicados que demuestren su voluntad cooperadora, y que lo hagan con cuidado público y la dotación presupuestaria suficientes en los múltiples frentes que el empeño reclama.
Español sin dudas >El País, 17 de octubre de 2004
Contesta las siguientes cuestiones:
El texto anterior aparece sin firmar, ¿de qué tipo de texto de opinión de prensa se trata?
Recoge todos los rasgos que te permitan afirmar que estamos ante un texto argumentativo. No olvides redactar la respuesta.
UNIDAD 10
VARIEDAD DE LOS DISCURSOS
Lee el siguiente texto:
Comprender lo que otros dicen parece un proceso más pasivo que hablar, pero, como ya he dicho, esta opinión sólo muestra lo peligrosas que son las malas metáforas. Hablamos del significado como si estuviera “contenido” en la frase, o en el texto, con lo que la comunicación se convierte en un intercambio de mercancía. Brandsford se encrespa contra los que expresan o tácitamente piensan que las frases “transportan un significado”. “Sólo las personas poseen significados, y los inputs lingüísticos actúan meramente como claves que la gente puede utilizar para recrear y modificar su conocimiento previo del mundo”. Cualquier expresión se convierte así en una incitación, una ayuda más o menos eficaz, para que el oyente genere los significados apropiados. Si es capaz de hacerlo correctamente, entenderá la frase. Si no puede hacerlo, no la comprenderá o caerá en malentendidos. Conviene recordar la afirmación de Uhlenbeck: “Cada frase individual, incluso la de apariencia más trivial, tiene que ser interpretada por el oyente con la ayuda de datos extralingüísticos”. Una frase no es sólo un acto lingüístico gramatical, sino también un acto cognitivo. Se llama hermenéutica la ciencia de la interpretación y de la comprensión de textos, y no me extraña nada que uno de sus fundadores, Scheleimarcher, la definiera como “el arte de evitar el malentendido”. Dado que con mucha facilidad estas equivocaciones envenenan la vida de los hombres, conviene estudiar cuidadosamente los procesos de comprensión. Utilizamos la palabra “comprender” en ocasiones variadas. Comprendemos el comportamiento de alguien cuando somos capaces de representarnos su porqué y su para qué. Comprendemos una situación cuando hemos encajado aspectos que parecían incongruentes en una red de relaciones que nos permite dar razón de esas apariencias. Comprendemos una demostración cuando somos capaces de realizar por nuestra cuenta el paso de las premisas a la conclusión. Comprendemos una frase cuando integramos todos sus elementos en una representación semántica unificada, es decir, en un modelo.
José Antonio Marina, La selva del lenguaje (fragmento)
Responde a las siguientes cuestiones:
Identifica todos los casos de argumento de autoridad que aparecen en este texto.
¿Se usa también el argumento basado en los ejemplos? ¿Dónde?
Demuestra mediante todas las características que encuentres que estamos ante un texto argumentativo.
TÉCNICAS DE TRABAJO
Puedes aprender más cosas sobre la búsqueda de información realizando las actividades de la siguiente página: http://recursos.cnice.mec.es/lengua/alumnos/bac1/b4/t1/actividades.htm
EL DISCURSO LITERARIO
Accede a la página http://recursos.cnice.mec.es/lengua/alumnos/bac1/glosario_de_contenidos.htm
Y busca las siguientes entradas:
- Barroco.
- Hipérbaton.
- Hipérbole.
- Quevedo.
- Góngora.
Realiza una presentación en power point con los resultados obtenidos.
Accede a la página http://recursos.cnice.mec.es/lengua/alumnos/bac1/b5/t2/actividades.htm
Y realiza las actividades 1, 2, 3, 4, 5, 9, 10 y 11.
Repasa el marco histórico y social del Barroco y las características principales del culteranismo y el conceptismo en: http://w3.cnice.mec.es/eos/MaterialesEducativos/mem/aventlitera/index.html y resúmelas.
UNIDAD 11
CONOCIMIENTO DE LA LENGUA
Para repasar los contenidos del léxico de las unidades 11 y 12, realiza los ejercicios de http://recursos.cnice.mec.es/lengua/alumnos/bac1/b3/t2/actividades.htm
UNIDAD 12
TÉCNICAS DE TRABAJO
Amplía tus conocimientos sobre técnicas para la comprensión y creación de textos realizando las actividades de la página siguiente: http://recursos.cnice.mec.es/lengua/alumnos/bac1/b4/t2/actividades.htm
Completa tu información sobre cómo realizar una investigación en: http://www.esdelibro.es/archivos/documentos/guia_alumnos.pdf
Para citar en tu bibliografía documentos electrónicos (creados, almacenados y difundidos por un sistema informático) debes tener en cuenta lo siguiente:
“La información fuente se obtendrá del propio documento que habrá de estar disponible. La fecha de consulta es imprescindible para los documentos en línea.
Los tipos de soporte posibles son: [en línea] [CD-ROM] [banda magnética] [disquette].
Las especificaciones para la elaboración de referencias bibliográficas de documentos electrónicos, en general, siguen las mismas pautas que para los documentos impresos”.(Fuente: http://www.uc3m.es/portal/page/portal/biblioteca/aprende_usar/como_citar_bibliografia)
Lo esencial es: Responsable principal. Título [tipo de soporte]. Edición. Lugar de publicación: editor, fecha de publicación, fecha de actualización o revisión, [fecha de consulta].
ACTIVIDADES SOBRE LA LITERATURA DEL SIGLO xix : ROMANTICISMO
- Lee el siguiente artículo de Larra titulado “Vuelva usted mañana”:
Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo a más de un cristiano.
Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de éstos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica, de éstos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva tan intacto como nuestra ruina ; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y preguntan si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países.
Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo compararíamos de buena gana a esos juegos de manos sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haber las profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza.
Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar.
Un extranjero de éstos fue el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en Paris de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían.
Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Parecióme el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admiróle la proposición, y fue preciso explicarme más claro.
-Mirad– le dije–, monsieur Sans-délai, que así se llamaba; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos.
-Ciertamente– me contestó–. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé quién soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado mañana las presento fundadas en los datos que aquél me dé, legalizadas en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable (pues sólo en este caso haré valer mis derechos), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas o malas, y admitidas o desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo a mi casa; aún me sobran de los quince cinco días.
Al llegar aquí monsieur Sans-délai, traté de reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fue bastante a impedir que se asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado.
-Permitidme, monsieur Sans-délai– le dije entre socarrón y formal-, permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid.
-¿Cómo?
-Dentro de quince meses estáis aquí todavía.
-¿Os burláis?
-No por cierto.
-¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa!
-Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador.
-¡Oh!, los españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal [siempre] de su país por hacerse superiores a sus compatriotas.
-Os aseguro que en los quince días con que contáis, no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis.
-¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad.
-Todos os comunicarán su inercia.
Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí.
Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido: encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos. Pasaron tres días: fuimos.
-Vuelva usted mañana –nos respondió la criada–, porque el señor no se ha levantado todavía.
-Vuelva usted mañana –nos dijo al siguiente día–, porque el amo acaba de salir.
-Vuelva usted mañana –nos respondió el otro–, porque el amo está durmiendo la siesta.
-Vuelva usted mañana –nos respondió el lunes siguiente–, porque hoy ha ido a los toros.
-¿Qué día, a qué hora se ve a un español?
Vímosle por fin, y “Vuelva usted mañana –nos dijo–, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio”.
A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.
Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las reclamaciones.
Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.
No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza a comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero a quien le había enviado su sombrero a variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa.
Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!
-¿Qué os parece de esta tierra, monsieur Sans-délai? –le dije al llegar a estas pruebas.
-Me parece que son hombres singulares...
-Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida a la boca.
Presentóse con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente.
A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión.
-Vuelva usted mañana –nos dijo el portero–. El oficial de la mesa no ha venido hoy.
-Grande causa le habrá detenido –dije yo entre mí. Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos, ¡qué casualidad!, al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.
Martes era el día siguiente, y nos dijo el portero:
-Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy.
-Grandes negocios habrán cargado sobre él –dije yo.
Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debía costar trabajo el acertar.
-Es imposible verle hoy –le dije a mi compañero– su señoría está en efecto ocupadísimo.
Diónos audiencia el miércoles inmediato, y ¡qué fatalidad! el expediente había pasado a informe, por desgracia, a la única persona enemiga indispensable de monsieur y de su plan, porque era quien debía salir en él perjudicado. Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar. Verdad es que nosotros no habíamos podido encontrar empeño para una persona muy amiga del informante. Esta persona tenía unos ojos muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus ratos perdidos de la justicia de nuestra causa.
Vuelto de informe se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía a aquel ramo; era preciso rectificar este pequeño error; pasóse al ramo, establecimiento y mesa correspondiente, y hétenos, caminando después de tres meses a la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fue el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro.
-De aquí se remitió con fecha de tantos- decían en uno.
-Aquí no ha llegado nada –decían en otro.
-¡Voto va! –dije yo a monsieur Sans-délai–, ¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa población?
Hubo que hacer otro. ¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta a la prisa! ¡Qué delirio!
-Es indispensable –dijo el oficial con voz campanuda–, que esas cosas vayan por sus trámites regulares.
Es decir, que el toque estaba, como el toque del ejército militar, en llevar nuestro expediente tantos o cuantos años de servicio.
Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe., o a la aprobación, o l despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía:
“A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado.”
-¡Ah, ah!, monsieur Sans-délai –exclamé riéndome a carcajadas–; éste es nuestro negocio.
Pero monsieur Sans-délai se daba a todos los diablos.
-¿Para esto he echado yo mi viaje tan largo? ¿Después de deis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: Vuelva usted mañana, y cuando este dichoso mañana llega en fin, nos dicen redondamente que no? ¿Y vengo a darles dinero? ¿Y vengo a hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para oponerse a nuestras miras?
-¿Intriga, monsieur Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.
Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión.
-Ese hombre se va a perder –me decía un personaje muy grave y muy patriótico.
-Esa no es una razón –le repuse–: si él se arruina, nada, nada se habrá perdido en concederle lo que pide; él llevará el castigo de su osadía o de su ignorancia.
-¿Cómo ha de salir con su intención?
-Y suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse, ¿no puede uno aquí morirse siquiera, sin tener un empeño para el oficial de la mesa?
-Puede perjudicar a los que hasta ahora han hecho de otra manera eso mismo que ese señor extranjero quiere.
-¿A los que lo han hecho de otra manera, es decir, peor?
-Sí, pero lo han hecho.
-Sería lástima que se acabara el modo de hacer mal las cosas. ¿Con que, porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, será preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se debiera mirar si podrían perjudicar los antiguos al moderno.
-Así está establecido; así se ha hecho hasta aquí; así lo seguiremos haciendo.
-Por esa razón deberían darle a usted papilla todavía como cuando nació.
-En fin, señor Fígaro, es un extranjero.
-¿Y por qué no lo hacen los naturales del país?
-Con esas socaliñas vienen a sacarnos la sangre.
-Señor mío –exclamé, sin llevar más adelante mi paciencia–, está usted en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diabólica manía de empezar siempre por poner obstáculos a todo lo bueno, y el que pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir a los que sabían más que ellas. Un extranjero –seguí– que corre a un país que le es desconocido, para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital nuevo, contribuye a la sociedad, a quien hace un inmenso beneficio con su talento y su dinero, si pierde es un héroe; si gana es muy justo que logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no podíamos acarrearnos solos. Ese extranjero que se establece en este país, no viene a sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se arraiga en él, y a la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya ni puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de extraer el dinero, ha venido a dejar un capital suyo que traía, invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que vale por lo menos tanto como el del dinero; ha dado de comer a los pocos o muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos los Gobiernos sabios y prudentes han llamado a sí a los extranjeros: a su grande hospitalidad ha debido siempre la Francia su alto grado de esplendor; a los extranjeros de todo el mundo que ha llamado la Rusia, ha debido el llegar a ser una de las primeras naciones en muchísimo menos tiempo que el que han tardado otras en llegar a ser las últimas; a los extranjeros han debido los Estados Unidos... Pero veo por sus gestos de usted –concluí interrumpiéndome oportunamente a mí mismo– que es muy difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer. ¡Por cierto, si usted mandara, podríamos fundar en usted grandes esperanzas! [La fortuna es que hay hombres que mandan más ilustrados que usted, que desean el bien de su país, y dicen: «Hágase el milagro, y hágalo el diablo.» Con el Gobierno que en el día tenemos, no estamos ya en el caso de sucumbir a los ignorantes o a los malintencionados, y quizá ahora se logre que las cosas vayan a mejor, aunque despacio, mal que les pese a los batuecos.]
Concluida esta filípica, fuíme en busca de mi Sans-délai.
-Me marcho, señor Fígaro –me dijo. En este país no hay tiempo para hacer nada; sólo me limitaré a ver lo que haya en la capital de más notable.
-¡Ay! mi amigo –le dije–, idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca paciencia; mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven.
-¿Es posible?
-¿Nunca me habéis de creer? Acordáos de los quince días...
Un gesto de monsieur Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo.
-Vuelva usted mañana –nos decían en todas partes–, porque hoy no se ve.
-Ponga usted un memorialito para que le den a usted permiso especial.
Era cosa de ver la cara de mi amigo al oír lo del memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis meses, y... Contentóse con decir:
-Soy extranjero. ¡Buena recomendación entre los amables compatriotas míos!
Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver [a fuerza de esquelas y de volver,] las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres diciendo sobre todo que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino volver siempre mañana, y que a la vuelta de tanto mañana, eternamente futuro, lo mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse.
¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo, y pereza de abrir los ojos para ojear las hojas que tengo que darte todavía , te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa: abandonar más de una pretensión empezada, y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café, me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de pereza. Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé: Vuelva usted mañana; que todas las noches y muchas tardes he querido durante ese tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz diciéndome a mí mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones.- ¡Eh! mañana le escribiré. Da gracias a que llegó por fin este mañana, que no es del todo malo; pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!
El pobrecito hablador, 14 de enero de 1833
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ACTIVIDADES SOBRE LA LITERATURA DEL SIGLO xix : REALISMO
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Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había visitado había subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de pájaro, abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más empingorotado. En la provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano, contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los parajes, debajo de sus ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol, mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espíritu altanero, que De Pas se procuraba siempre que podía. Entonces sí que en sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no podía saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas veces a la torre de la catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la mañana o por la tarde, según le convenía. Celedonio, que en alguna ocasión, aprovechando un descuido, había mirado por el anteojo del Provisor, sabía que era de poderosa atracción; desde los segundos corredores, mucho más altos que el campanario, había él visto perfectamente a la Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta que se llamaba el Parque de los Ozores; sí, señor, la había visto como si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San Pelayo. ¿Qué más? Con aquel anteojo se veía un poco del billar del casino, que estaba junto a la iglesia de Santa María; y él, Celedonio, había visto pasar las bolas de marfil rodando por la mesa. Y sin el anteojo ¡quiá!, en cuanto se veía el balcón como un ventanillo de una grillera. Mientras el acólito hablaba así, en voz baja, a Bismarck, que se había atrevido a acercarse, seguro de que no había peligro, el Magistral, olvidado de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas por la ciudad escudriñando sus rincones, levantando con la imaginación los techos, aplicando su espíritu a aquella inspección minuciosa, como el naturalista estudia con poderoso microscopio las pequeñeces de los cuerpos. No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes y nubes; sus miradas no salían de la ciudad.
Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas su ciencia de Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad era gula; hacía su anatomía, no como el fisiólogo que sólo quiere estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados apetitosos; no aplicaba el escalpelo sino el trinchante.
Y bastante resignación era contentarse, por ahora, con Vetusta. De Pas había soñado con más altos destinos, y aún no renunciaba a ellos. Como recuerdos de un poema heroico leído en la juventud con entusiasmo, guardaba en la memoria brillantes cuadros que la ambición había pintado en su fantasía; en ellos se contemplaba oficiando de pontifical en Toledo y asistiendo en Roma a un cónclave de cardenales. Ni la tiara le pareciera demasiado ancha; todo estaba en el camino; lo importante era seguir andando. Pero estos sueños según pasaba el tiempo se iban haciendo más y más vaporosos, como si se alejaran. «Así son las perspectivas de la esperanza -pensaba el Magistral-; cuanto más nos acercamos al término de nuestra ambición, más distante parece el objeto deseado, porque o está en lo porvenir, sino en lo pasado; lo que vemos delante es un espejo que refleja el cuadro soñador que se queda atrás, en el lejano día del sueño...» No renunciaba a subir, a llegar cuanto más arriba pudiese, pero cada día pensaba menos en estas vaguedades de la ambición a largo plazo, propias de la juventud. Había llegado a los treinta y cinco años y la codicia del poder era más fuerte y menos idealista; se contentaba con menos pero lo quería con más fuerza, lo necesitaba más cerca; era el hambre que no espera, la sed en el desierto que abrasa y se satisface en el charco impuro sin aguardar a descubrir la fuente que está lejos en lugar desconocido.
Clarín, capítulo I de La Regenta
- Lee el siguiente artículo de Larra titulado “Vuelva usted mañana”:
AUTOEVALUACIÓN. REPASO DE TODO EL CURSO
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SOLUCIONARIO
Podrás encontrar las respuestas a estas actividades en la parrilla de recursos para el profesorado de http://www.almadrabadigital.com
